«Arrastré de nuevo las maletas hacia la calle y me senté en un banco de la plaza de Isabel II a esperar a que el hermano de mi casera acabara de echar un polvo mientras pensaba que sólo me faltaban unos cartones para que me confundieran con un pordiosero o un desahuciado. A apenas un par de metros había una cabina de teléfono, así que podría haber aprovechado para llamar a mis padres y contarles que había llegado a Madrid sin ningún contratiempo, pero a mis veinticinco años todavía me ponía nervioso cuando tenía que llamar a mis padres y contarles una mentira.»



No hay comentarios:
Publicar un comentario